jueves, 21 de julio de 2011

2. Eva


12 de febrero de 2011, 2:53 AM, a diez kilómetros de Carcassonne, sur de Francia.

—Salvattore nos ha dejado.

Al pronunciar aquella frase, él adoptó una expresión que Eva no supo interpretar. Parecía una mezcla de pesar y satisfacción, sentimientos encontrados que, al verlos reflejados en su rostro en ese instante, no se le hicieron extraños pero sí que consiguieron asustarla, más incluso que las propias palabras en sí mismas y su posible significado. Meciendo con suavidad la copa de vino que sujetaba entre los dedos de su mano derecha, su padre se volvió para observar a través del amplio ventanal encarado al sur. En el exterior había empezado a nevar.

—Está cerca, Eva. Lo siento. Yo soy el siguiente.

Un escalofrío le recorrió entonces la espina dorsal al escucharle hacer aquella declaración. No supo qué decir. Lo único que sabía era que quién quisiera hacerle daño tendría que pasar antes por encima de su cadáver.

Él se volvió en su dirección, cubierto únicamente por una bata de terciopelo azul rematada con filigranas de oro, y se llevó la copa a los labios mientras ella le observaba desde la cama. La situación, sino fuera por la gravedad que entrañaba, hubiera podido llegar a tener su gracia; no hacía ni media hora que habían estado haciendo el amor, disfrutando de uno de los mayores placeres de la vida, y ahora él le hablaba de la muerte, de su muerte. Su padre siguió observándola mientras saboreaba el delicioso Sauternes de casi cien años de edad.

—Quiero que al amanecer recojas todo y te marches —dijo al fin, rompiendo de nuevo el silencio que se había apoderado de la habitación. Su tono de voz no admitía discusión.

—Te matará —susurró ella, mientras él le daba de nuevo la espalda para seguir mirando por la ventana. La tormenta invernal arreciaba ya al otro lado de los gruesos muros, cubriendo con su manto inmaculado los campos que se extiendían alrededor del castillo—. Ven conmigo. Huyamos lejos y ocultémonos en otro lugar —imploró, abandonando la cama y acercándose a él, completamente desnuda. A pesar del frío intenso que azotaba el paisaje tras el cristal, la temperatura en aquella estancia era agradable, casi estival.

Él no dijo nada. Había tomado ya su decisión, creyéndola inapelable, y permitió, sin inmutarse, que Eva le acariciara el vello del pecho después de introducir sus habilidosas manos entre uno de los pliegues de su albornoz. Será mejor que cambie de estrategia. Dió otro sorbo a su copa mientras sus manos descendían poco a poco por su torso hasta llegar al final de unos abdominales marcados. Entonces, acuclillándose sobre la alfombra de piel, Eva se situó frente a él y apartó la bata a los lados, quedando su rostro a la altura de su miembro flácido. Desde esa posición levantó la vista buscando la mirada de su padre, pero comprobó que seguía observando la escena que se desarrollaba al otro lado de la ventana. Veremos cuánto dura tu interés por la tormenta, papá. Con suavidad comenzó a acariciarlo y, poco después, sintiendo como se aceleraba su respiración, observó agradecida como aquél miembro iba creciendo en sus manos. Al fin, cuando adquirió un tamaño que consideró aceptable, se lo introduzco muy lentamente en la boca rozándolo con los labios. Sus miradas se encontraron entonces y él, excitado, la cogió del pelo. A continuación, con las dos manos, empujó su cabeza hacia adelante y hacia atrás hasta que, pasados unos segundos en que su padre pareció olvidar todas sus preocupaciones, se corrió en su boca soltando un gruñido que le pareció adorable.

Luego, sentada de lado a sus pies, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano mientras su padre la observaba complacido, Eva le dedicó una sonrisa y dijo:

—Deja que me ocupe de él, papá. No te fallaré.

Él no contestó, pero ella supo que había ganado esa batalla. No huirían. Permanecerían juntos hasta el final, sucediera lo que sucediera. Lo vió en su mirada. No hay nada que una buena mamada no consiga.


Eva despertó poco a poco y, sin abrir los ojos, se desperezó entre las sábanas de satén. Estiró las piernas y luego los brazos como una gata, y rodó sobre sí misma buscando el calor de su padre. Pero él ya no estaba a su lado. Entonces abrió los ojos, se incorporó sobre los codos y observó a su alrededor, buscando en las tinieblas de la habitación: estaba sola.

—Persianas —dijo dando una palmada, y éstas empezaron a subir en silencio tras las ventanas, dejando paso a la luz melancólica de un día gris. Mientras observaba el movimiento de luces y sombras pensó que nunca lograría acostumbrarse a vivir en un castillo de más de seiscientos años con tecnología de última generación instalada en todas y cada una de sus habitaciones.

Un minuto después se levantó y cruzó la habitación hasta llegar al baño contiguo. Las luces se encendieron automáticamente al pisar las cálidas baldosas del suelo refractante, y al entrar en la ducha arrancaron las primeras notas de uno de los valses más famosos de Strauss hijo, que reconoció de inmediato como El Danubio azul. Se situó debajo del chorro de agua que caía con fuerza y a la temperatura idónea, y cerró los ojos dejando que su mente vagara sin rumbo, tratando de dejar las preocupaciones atrás; pero le fue imposible. Por más que lo intentara no dejaba de ver la expresión compungida de su padre mientras se repetían en su cabeza las palabras «yo soy el siguiente», «yo soy el siguiente»...

Su vida corría peligro. Lo sabían desde el momento en que todo empezó el pasado Halloween, cuando él despertó en mitad de la noche gritando, empapado en sudor y tiritando como un bebé recién nacido; nunca antes había tenido que acunarlo entre sus brazos, hasta entonces siempre había sido él el que la sostenía en los suyos, acariciándole el cabello hasta que lograba tranquilizarla después de uno de sus ataques. Pero aquella noche, la noche en que murió el primero de ellos, todo cambió. Su padre la miró con los ojos desencajados a través de la oscuridad sin poder articular palabra alguna, y un rato después volvió a dormirse. Eva, inconsciente de lo que acababa de suceder, atribuyó aquello a una horrible pesadilla y no le dió mayor importancia. Pero al día siguiente, a media mañana, su padre se acercó a ella en el gimnasio mientras hacía sus ejercicios diarios y le pidió que lo acompañara al jardín.

Una vez fuera del castillo, mientras paseaban contemplando las hojas que amarilleaban sobre las piedras del camino, le habló de Arthur Wolfe, el hombre que había muerto la noche anterior, del vínculo que les unía y de aquello que les hacía diferentes al resto de los humanos: su inmortalidad. Eva al principio lo miró con incredulidad, pensando en la posibilidad de que la estuviera tomando el pelo, pero su padre no es un hombre dado a bromear; nunca lo había sido. Y el brillo de su mirada pronto la hubo convencido de que aquello iba muy en serio, aunque pareciera parte del argumento de una novela de ciencia ficción.

Le contó que, además de Wolfe, había otros cinco hombres que compartían con él el don de la vida eterna, y que todos ellos existían desde el principio de los tiempos. Luego le dijo que los primeros días (o meses o años, tal vez siglos) aparecían borrosos en su recuerdo, a modo de retazos inconexos en que tan pronto se veía cruzando un desierto como perdido en lo más recóndito de una inmensa jungla, o en la cima de una montaña cubierta de nieve y hielo observando un volcán humeante a lo lejos.
Al llegar a ese punto él hizo una pausa, la mirada perdida en la campiña que se extendía más allá de la finca. Luego, tras un minuto, dijo:

—Fue mucho el tiempo que pasé vagando sin rumbo por el mundo, simplemente sobreviviendo, pero el destino, o tal vez la casualidad, quiso que nos encontráramos los siete en la cima de una montaña sin nombre, en los albores de la humanidad. Al vernos nos reconocimos como iguales; no fueron necesarias las palabras.

»Permanecimos en aquella cumbre durante siete años, a merced de los elementos, sin comer ni dormir ni buscar refugio, sentados en círculo con las piernas cruzadas, los ojos cerrados y cogidos de las manos. Nuestras mentes se fusionaron y pudimos acceder a los recuerdos del resto y hacer nuestros los conocimientos adquiridos por los demás a lo largo de los siglos. Fue durante ese período, en que estuvimos en comunión, cuando se forjó el poderoso vínculo que nos une y que ha perdurado hasta nuestros días.

Tras esas palabras se volvió hacia Eva y la observó con un brillo extraño en los ojos. Abrió la boca para añadir algo, pero ninguna palabra brotó de sus labios antes de que volviera a cerrarla. Ella comprendió entonces que no le contaría el resto de la historia. No en ese momento.

Luego él, tras un instante de duda, dio dos pasos en su dirección y le acarició el pelo con la mano derecha mientras la miraba a los ojos con ternura. Y Eva sintió la voz de su padre penetrando en mi mente por primera vez, prometiéndola que le contaría toda la historia más adelante. Después, levantando la vista para observar el antiguo castillo donde residían, dijo, esta vez moviendo los labios como el resto de mortales:

—Esta noche, cuando me he despertado dando voces, un dolor como nunca antes había sentido me recorría todo el cuerpo; era como si me estuvieran arrancando partes del mismo a mordiscos. Y luego he visto el rostro sin vida de Wolfe y he comprendido, a medida que el dolor se desvanecía, que uno de nosotros, un inmortal, había desaparecido para siempre.

Después de aquello, los seis inmortales que seguían con vida se vieron en un lugar secreto para hablar de la muerte de Arthur Wolfe, pero por lo que dejó entrever su padre a su regreso, aquella reunión había sido decepcionante.

En diciembre, un mes después de lo de Wolfe, murió el segundo inmortal: esa vez le tocó el turno a Yuri Lébedev. De nada le sirvió el refugiarse en una de sus fortalezas inexpugnables, protegido por el poderoso ejército privado que tenía en nómina.

Hubo una segunda reunión tres días después, pero los resultados y conclusiones a las que se llegaron fueron igual de frustrantes que las obtenidas en la anterior. La mayoría —entre ellos su padre— pensaban que alguien —o algo— les estaba dando caza uno a uno, y que sabía cómo dar con ellos y quitarles la vida. Otros, por el contrario, temían que aquellas muertes fueran de carácter natural; tal vez estaban llegando al final de su ciclo vital y no fueran realmente inmortales al fin y al cabo.

De repente, después de milenios, aquellos hombres que habían sobrevivido a todo (a hambrunas y guerras, a epidemias que habían dejado yermos países enteros, a glaciaciones, al paso del tiempo...) habían descubierto que podían morir y, a pesar de la sabiduría acumulada a lo largo de sus miles de años de existencia, ahora se enfrentaban a algo que desconocían. Incluso haciendo uso de los recursos de que disponían (superiores a los de cualquier otro mortal), todas las investigaciones habían terminado hasta entonces en un callejón sin salida. Y, como colofón a su desconcierto, estaba el hecho de que no se habían encontrado los cuerpos de los fallecidos, lo que complicaba aún más las cosas: era como si Wolfe y Lébedev nunca hubieran existido.

Habían pasado más de dos meses desde la desaparición de Lébedev y el padre de Eva había aprovechado esa «tregua» para contarle algunas cosas sobre ellos y sobre su función en el mundo.

—Alguien debe saberlo —le dijo unos días después de la muerte de Yuri —. Sino, todo lo que hemos logrado después de tanto tiempo y esfuerzo no habrá servido para nada.

Y, justo la noche anterior, cuando la calma de las últimas semanas parecía indicar que no habría más muertes, Salvattore Silano era asesinado, rompiendo en mil pedazos las vanas esperanzas de los inmortales que aún vivían. Y, ya fuera porque estaban unidos por un vínculo más fuerte, o porque su ejecución tuvo lugar relativamente cerca de su hogar, su padre pudo ver en su mente como Silano perdía la vida; su corazón atravesado por una daga de hueso de una antiguedad equiparable a la suya. Luego, por un instante, contempló una silueta que se encendía un cigarrillo junto al cadáver del inmortal. Se trataba del propietario de la daga, eso lo percibió con claridad, y supo entonces que no se trataba de un ser humano normal.

Antes de que el vínculo se desvaneciera para siempre, escuchó la voz del asesino, dirigiéndose a él:
«No tengo nada personal contra tí, pero eres el siguiente. Lo especifica el contrato.»

Eva pronunció la orden de apagado y las últimas gotas de agua se precipitaron en el aire hasta estallar sobre su piel. Luego, recogiendo una toalla limpia, abandonó la ducha y el Adagio de Albinoni llegó a sus oídos, solidarizándose con su estado de ánimo. No vas a morir, papá. No lo voy a permitir.

3 comentarios:

  1. Alucinante, el argumento engancha y te dan ganas de saber más cosas. Detalles que ya se irán aclarando capítulo tras capítulo pero que ya te gustaría saber. Te lo dije, me encanta, es más de mi estilo y gusto y la encuentro fenomenal. Respecto a lo de la escena de sexo, dejando claro lo de la advertencia, no tiene que suponer ningún problema a mi entender, claro. Por un lado la lectura será por parte de gente adulta, por lo tanto no habrá sorpresas de qué es o deja de ser; por otro lado ¿no pueden haber relaciones sexuales en una historia fantástica? yo creo que si, y la sutileza la dejo a cargo del autor (a gustos colores...). Sigue así y cuando la tengas terminada y publicada te pido un ejemplar dedicado.
    P.D: Quiero más...

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  2. Me habías asustado, pensaba que iba a tener que tragarme una escena subida de tono e incluso desagradable si quería leer lo interesante, pero has conseguido que encaje con total naturalidad, y que me haya enganchado a esta historia, llena de interrogantes muy prometedores.
    No soy una puritana, no creo que el sexo esté reñido con la fantasía, los personajes son humanos (o no, pero qué importa el origen, el deseo forma parte de la naturaleza de todas las criaturas) y deben actuar como humanos, mostrar sus sentimientos y también sus instintos. Pero lo que me ha hecho volver a este blog no ha sido el anuncio de la escena subida de tono, sino el deseo de conocer a esos inmortales y averiguar más del asesino.
    Puede que el sexo venda, pero vende más una buena historia bien narrada.
    Claro que ésta es sólo mi opinión.
    Esperando la continuación...

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  3. Muchas gracias otra vez por vuestros comentarios. Me siento halagado, de verdad.

    Yo disfruto mucho escribiendo esta historia y me alegra comprobar que otros pueden disfrutar leyéndola.


    Un saludo.

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